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7 de junio de 2017

Mirando de reojo ---------------------

LA PROFESIÓN MÁS INVADIDA
ES SIN DUDAS EL PERIODISMO

   No son todas delicias las que jalonan la vida del periodista, al menos de aquellos amantes de la libertad.
   Son las primeras víctimas de los autoritarios, de los dictadores y de aquellos que los someten a barrotes o a mordazas.
   Muchas veces son destinatarios de presiones de conciencia.
   Son tambien víctimas, en los conflictos armados que los muestran actuando en el frente, junto al máximo peligro.
   Entre nosotros, la libertad de expresión no es ni ha sido la graciosa concesión de ningún gobierno, sino el ejercicio de la tarea periodística al amparo de la Constitución, de las leyes y del sentido ético.

  Los periodistas de ley no necesitamos que nadie nos indique lo que debemos decir o nos impongan lo que debemos callar, porque tenemos pensamiento y criterio propios, siempre que por la pauta publicitaria o por conservar el puesto no vendamos nuestra honestidad.
   Los periodistas de Córdoba sabemos que mientras impere el respeto a los preceptos básicos, y el pensar distinto no nos transforme en enemigos, no habrá sombras que perturben la certeza absoluta de libertad.
   Una libertad que no necesita padrinos ni leyes que la regulen, la condicionen o la impongan, porque el único reaseguro de gozarla radica en el simple respeto por la Constitución.
   Todo lo demás es inútil y disociante pirotecnia.
   Bien sabemos, los periodistas, que formamos parte de una profesión invadida.
   Invadida por médicos, deportistas, curas, rabinos, vedettes, manosantas, dietistas, funcionarios, pitonisas, empresarios, modelos, abogados, economistas, corredores de autos, políticos en decadencia, cocineros, vendedores de humo o mercaderes de grasa de serpiente.
   Son ellos, los invasores, los que reivindican la vigencia discepoleana de la biblia junto al calefón.
   La base moral es el mejor reaseguro para edificar desde allí la honestidad de informar, de opinar, de criticar o de aplaudir.
   Solamente quienes la poseen se sienten libres y están en condiciones de transmitir esa convicción de libertad que se fortalece día a día, solo en la fragua del trabajo y no en ese engendro al que llamaban “periodismo militante”, de donde surgía el falso y unilateral periodismo solamente interesado en imponer autoritariamente su ideología y el hermético
discurso, por encima del sano y saludable disenso que es el mejor antídoto contra la censura. Porque si hablamos de ese ultrajante agravio, tengamos presente que tal metodología de silenciar, desde el fondo de la historia, ha perdido a todos aquellos a quienes quiso servir.
   Los periodistas nos hemos acostumbrado a respetar los silencios ajenos y a no traicionar los propios. Confucio supo sostener que “El silencio es un amigo que jamás traiciona”.
   El de hoy es un dia propicio para renovar íntimamente el sano compromiso de la honestidad a la hora de informar y los votos de hacer prevalecer la convicción en el momento de opinar.
Gonio Ferrari

   

14 de abril de 2016

Lo de Comodoro Py, litigio absurdo --------------

ES DE OBTUSOS REDUCIR LA POLÉMICA
A UNA SIMPLE CUESTIÓN CUANTITATIVA 

   ¿Cuántas personas en realidad fueron respondiendo abierta y entusiastamente a la convocatoria masiva que a través de las redes sociales y con otros mecanismos, propiciaran las tribus kirchneristas a lo largo y a lo ancho del país?. 
   Cada uno de los “analistas” tanto leales al pasado modelo como sus detractores de antes y de ahora fluctuaron desde la miseria del cálculo hasta el delirio de la exageración, porque los números iban desde mezquinos 10 mil hasta un hiperbolizado medio millón.
   Seguramente todos los autores de tales estimaciones no estuvieron o nadie les comentó acerca de las inolvidables concentraciones que acompañaron en 1983 los cierres de campaña, en aquella recuperación de la democracia que nos escamotearan a fuerza de bayoneta, capucha, secuestro, tortura y muerte siete años atrás de esa no lejana fecha emblemática.
    No sería abultar cifras si recordáramos que tanto Ítalo Luder como Raúl Alfonsín cada uno a su turno, contaron con el apoyo fervoroso y ordenado de más de un millón de personas, con imágenes aún erizantes que por entonces recorrieron el mundo y ahora reposan en la memoria implacable de los archivos.
   Lo de la Sra. Cristina en los tribunales, que era una formal instancia dentro de un proceso, devino en acto politico partidista preparado desde más de un mes atrás, con el virtual copamiento -aunque ahora se lo niegue- de las dependencias por parte de militantes que usurparon incluso los puestos de acceso para dedicarse a impedir la entrada a medios periodísticos que no consideraban “amigos”.
   Que maltrataron y golpearon a una colega ya es anécdota, una más en la espiral de violencia contra ciertos medios que instaurara el modelo nacional & popular, fortaleciendo su propia hegemonía dependiente de la pauta publicitaria, que pretendía acallar a la otra concentración mediática encarnada por Clarín y Cia.
   Por todo esto, resulta casi bobo discutir cifras de asistentes a la arenga de la Sra. después que diera su clase de historia ante el Juez, formulara curiosas admoniciones y pretendiera humillar su actuación menoscabándolo. Y aunque después faltara el pan, ya estaba montado el circo.
   Que fueron diez mil, que superaron el medio millón, que se trató de presencias espontaneas, mientras veíamos los ómnibus que los traían desde diversos puntos y recordábamos que en una facultad universitaria platense, su decana cerró las aulas para que los alumnos -adeptos o no- fueran a aplaudir a la Sra.
   Al margen estos pueriles enfoques, hay un detalle simple, casi tonto pero a la vez contundente en forma de dos preguntas, como para terminar con este conflicto matemático de simplísima resolución, tal como lo muestra la fotografía que acompaña este comentario.
   ¿Por qué la dirigencia “K” tanto se preocupa y se desvela por el número de los que fueron?
   ¿No es acaso más positivo evaluar las causas y los motivos que justifiquen a los que NO fueron?
   La política, también se hace sumando.
   Y cuando se impone restar, es fundamental saber por qué.

Gonio Ferrari